4.11.12

La vieja atorranta







Hace muchos años, cuando era psicólogo muy joven, trabajé en algunos geriátricos. (…) Muchos de ustedes trabajarán o habrán trabajado en alguna institución, y sabrán que lo que tiene que hacer todo el que trabaja en un establecimiento al ingresar es ir a la cocina, porque la cocinera es la que está al tanto de todo lo que pasa. Más que los médicos incluso.

Llegué, entonces, una mañana, me dirigí a la cocina y, como era habitual, le pregunté a la cocinera:

-¿Y, Betty, alguna novedad?

-Sí, doctor- me llamó así aunque soy licenciado-. ¿Ya vio a la vieja atorranta?

-No – le dije asombrado-. ¿Entró una abuela nueva?

-Sí, una viejita picarona.

Me quedé tomando unos mates con ella y no volví a tocar el tema hasta que entró la enfermera y me dijo:

-Gaby, ¿ya viste a la atorranta?

-No -le respondí.

-Tenés que verla. Se llama Ana.

Lo primero que me llamó la atención fue que utilizara, para referirse a ella, el mismo término que había usado la cocinera: atorranta. Pero lo cierto es que habían conseguido despertar mi interés por conocerla. De modo que hice mi recorrida habitual por el geriátrico y dejé para el final la visita a la habitación en la que estaba Ana.

En esa hora yo me había estado preguntando de dónde vendría el mote de vieja atorranta. Supuse que, seguramente, debía ser una mujer que cuando joven habría trabajado en un cabaret, o que tendría alguna historia picaresca. Pero no era así.
Cuando entré en su habitación me encontré con una abuela que estaba muy deprimida y que casi no podía hablar a causa de la tristeza. Su imagen no podía estar más lejos de la de una vieja atorranta. Me acerqué a ella, me presenté y le pregunté: -Abuela, ¿qué le pasa? Pero ella no quiso hablar demasiado; apenas si me respondió algunas preguntas por una cuestión de educación. Pero un analista sabe que esto puede ser así, que a veces es necesario tiempo para establecer el vínculo que el paciente necesita para poder hablar. Y me dispuse a darle ese tiempo. De modo que la visitaba cada vez que iba y me quedaba en silencio a su lado. A veces le canturreaba algún tango. Y, allá como a la séptima u octava de mis visitas la abuela habló:

-Doctor, yo le voy a contar mi historia.
Y me contó que ella se había casado, como se acostumbraba en su época, siendo muy jovencita, a los 16 años con un hombre que le llevaba cinco. Yo la escuchaba con profunda atención.

-¿Sabe? -me miró como avisándome que iba a hacerme una confesión-, yo me casé con el único hombre que quise en mi vida, con el único hombre que deseé en mi vida, con el único hombre que me tocó en mi vida y es el hombre al que amo y con el que quiero estar.

Me contó que su esposo estaba vivo, que ella tenía ochenta y seis años y él noventa y uno y que, como estaban muy grandes, a la familia le pareció que era un riesgo que estuvieran solos y entonces decidieron internarlos en un geriátrico. Pero como no encontraron cupo en un hogar mixto, la internaron a ella en el que yo trabajaba, y a él en otro. Ella en provincia y él en Capital.

Es decir que, después de setenta años de estar juntos los habían separado. Lo que no habían podido hacer ni los celos, ni la infidelidad, ni la violencia, lo había hecho la familia. Y ese viejito, con sus noventa y un años, todos los días se hacía llevar por un pariente, un amigo o un remisse en el horario de visita, para ver a su mujer.
Yo los veía agarraditos de la mano, en la sala de estar o en el jardín, mientras él le acariciaba la cabeza y la miraba. Y cuando se tenían que separar, la escena era desgarradora.

¿Y de dónde venía el apodo de vieja atorranta? Venía del hecho de que, como el esposo iba todos los días a verla, ella le había pedido autorización a las autoridades del geriátrico para ver si, al menos una o dos veces por semana, los dejaban dormir la siesta juntos. Y entonces, ellos dijeron: -Ah, bueno… mirá vos la vieja atorranta.
Cuando laabuela me contó esto, estaba muy angustiada y un poco avergonzada. Pero lo que más me conmovió fue cuando me dijo, agachando la cabeza:

-Doctor, ¿qué vamos a hacer de malo a esta edad? Yo lo único que quiero es volver a poner la cabeza en el hombro de mi viejito y que me acaricie el pelo y la espalda, como hizo siempre. ¿Qué miedo tienen? Si ya no podemos hacer nada de malo.
Conteniendo la emoción, le apreté la mano y le pedí que me mirara. Y entonces le dije:

-Ana, lo que usted quiere es hacer el amor con su esposo. Y no me venga con eso de que ¿qué van a hacer de malo? Porque es maravilloso que usted, setenta años después, siga teniendo las mismas ganas de besar a ese hombre, de tocarlo, de acostarse con él y que él también la desee a usted de esa manera. Y esas caricias, y su cara sobre la piel de sus hombros, es el modo que encontraron de seguir haciéndolo a esta edad. Pero déjeme decirle algo, Ana: ése es su derecho, hágalo valer. Pida, insista, moleste hasta conseguirlo. Y la abuela molestó. Recuerdo que el director del geriátrico me llamó a su oficina para preguntarme: -¿Qué le dijiste a la vieja?
-Nada- le dije haciéndome el desentendido- ¿Por qué?

La cuestión fue que con la asistente social del hogar en el que estaba su esposo, nos propusimos encontrar un geriátrico mixto para que estuvieran juntos. Corríamos contra reloj y lo sabíamos. Tardamos cuatro meses en encontrar uno. Sé que, dicho así, parece poco tiempo. Pero cuatro meses cuando alguien tiene más de noventa años, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Además ella estaba cada vez más deprimida y yo tenía mucho miedo de que no llegara. Pero llegó.

Y el día en el que se iba de nuestro geriátrico fui muy temprano para saludarla, y e cuanto llegué, la cocinera me salió al cruce y me dijo: -No sabés. Desde las seis de la mañana que la vieja está con la valija lista al lado de la puerta. -Yo me reí.
Entonces fui a verla y le dije: -Anita, se me va. Y ella me miró emocionada y me respondió: -Sí doctor… Me vuelvo a vivir con mi viejito. -Y se echó en mis brazos llorando.
-Ana- le dije- Nunca me voy a olvidar de usted. Y como habrán visto, no le mentí.

Jamás me olvidé de ella, porque aprendí a quererla y respetarla por su lucha, por la valentía con la que defendió su deseo y porque gracias a esa vieja atorranta, pude comprobar que todo lo que había estudiado y en lo que creía, era cierto: que es verdad que la sexualidad nos acompaña hasta el último día y que se puede pelear por lo que se quiere aunque se deje la vida en el intento. Y además, porque la abuela me dejó la sensación de que, a pesar de todas las dificultades, cuando alguien quiere sanamente y sus sentimientos son nobles, puede ser que enamorarse sea realmente algo maravilloso y que el amor y el deseo puedan caminar juntos para siempre.

( del libro “Encuentros” de Gabriel Rolón)



25.6.12

Recuerdos de niña...








14/12/2009

Hoy es el día más frio de este otoño casi invierno. En este momento oigo en la tele que están 6º. Estoy sentada al ordenador tentando escribir unos textos para un día publicar, pero de repente mi pensamiento vuela, vuela para bien para lejos.

Bien lejos en el tiempo cuando iba pasar las vacaciones de las Navidades en la casa de mis abuelos en el norte de mi país. Me acuerdo que hacía mucho frio y nos sentábamos alrededor del fuego en la cocina. Mis tías llegaban con la leche que habían retirado de las cabras y de las ovejas y mi abuela empezaba de seguida a preparar los quesos. Colocaba al lado del fuego la leche y salía afuera de la casa y traía algo en las manos que echaba dentro de la leche. Supe más tarde que iba a buscar cardo y con eso hacía cuajar la leche. Cuando la leche quedaba cuajada empezaba a hacer los quesos.

Todas las noches era el mismo ritual, todas las noches. Después íbamos todos para la mesa a cenar.

No había luz eléctrica en aquel tiempo, (desgraciadamente en el día de hoy hay muchas aldeas que todavía no tienen electricidad) y eso hacía con que se sentían muchos silencios. Me acuerdo que nadie decía si la comida estaba bien si estaba mal…Todos comían en silencio. Era de muy mala educación hablar mientras se comía.

Les voy a contar un secreto, yo comía siempre distinto porque yo era una niña de ciudad y tenía otras costumbres y mi madre siempre decía a mi abuela lo que me gustaba y lo que yo estaba acostumbrada a comer. Bueno lo que más me gustaba era bistec o chuleta con patatas fritas. Pero había un problema grave, muy grave, es que mi abuela fritaba las patatas en aceite de oliva y no me gustaba nada.

Después de cenar una tía leía el periódico para mi abuelo que no sabía leer y todos oíamos las noticias y antes de dormir todos rezábamos el rosario. Mi abuelo hacía aguardiente y pasaba muchas horas del día y parte de la noche sentado cerca del alambique, probando el aguardiente de madroño y dando a probar a quién aparecía. Como me encantaba comer los madroños. Las ramas del arbusto servían para alimentar el ganado y los frutos eran para comer y hacer aquella bebida.

Tiempos muy felices y de libertad que siempre los estaba añorando y volvía pasado unos meses para pasar mis vacaciones de verano.

Bueno ya regresé del vuelo voy a seguir escribiendo…



16.6.12

Corso Aguado







"Los comerciantes de la avenida Juan Bautista Alberdi del barrio de Mataderos hacían su aporte dinerario para engalanar las calles de luces multicolores. No podía faltar el palco principal para que las mascaritas hicieran sus trucos y arabescos; murgas de vecinos disfrazados para competir con canciones y piruetas al son de redoblantes, pitos y matracas.

Al anochecer, cuando el calor de febrero descendía y una suave brisa nos permitía caminar por las calles que habían sido cortadas para el evento, el saquito de hilo de mangas largas era necesario por las dudas que refrescara.

La reina del carnaval acudiría a su trono en ese escenario con altoparlantes, micrófono y música muy alegre, aplaudida por toda la muchedumbre que se agolpaba de pie para ver quién era elegida la más linda del barrio, entre la espuma, papel picado y agua que salía de los pomos de los más chiquitos. Efímero esplendor de los sueños de las jovencitas que aspiraban la corona y quedaban retratadas enCavanna el comercio de fotografías más elegante de la zona.

No faltaba Cuasimodo a la cita, que escondido en su disfraz, caminaba rengo y encorvado, llevando su figura como quien carga una maldición, ridiculizado y mofándose de sí mismo con rictus y muecas de fenómeno maltrecho. Con gritos y sustos asaltaba a alguna santurrona desprevenida que le respondía con una cachetada. En otro momento, perseguía seductoramente a alguna belleza femenina que también le respondía con rudeza. Escondido detrás de la horripilante máscara de ojos saltones, asustaba a desprevenidas muchachas con su fealdad y el muy astuto disfrutaba a carcajadas de su fechoría. Un universo de delirios efusivos y raptos de contradictorias sensaciones: asco y ternura, violencia y lástima, compasión y rechazo; provocaba este ser salido de una Naturaleza degenerada y contrariada que el mismo personaje encarnaba para simular quién sabe qué inconcientes y depravadas intenciones.

Sonidos de trompetas anunciaban que seguía una carroza luctuosa engalanada con guirnaldas y flores artificiales; a cada lado del carruaje, una corona de claveles, calas y crisantemos cruzada con una cinta de tafeta violeta que en letras doradas tenía escrito Q.E.P.D. En la parodia fúnebre, un féretro sin tapa contenía el cuerpo de Cuasimodocubierto con una mortaja. La murga LOS FUNEBREROS, con los elementos adecuados prestados por la Casa Velatoria de Miralla, simulaba un verdadero cortejo acompañado por fantasmas con máscaras tétricas y túnicas blancas bordadas con lentejuelas plateadas que portaban guadañas luminosas en el más absoluto silencio. Al llegar frente al escenario, se detenían y subían el cajón con el difunto, fingiendo una ceremonia presidida por Tingui Tunga ataviado de sacerdote con sotana negra y cuellito blanco.

Cachito, el carnicero del mercado Demarchi, enmascarado de diablo rojo con un traje al tono pegado al cuerpo, exageraba sus abultados genitales; a él le seguían pequeños diablillos que imitaban sus movimientos teñidos de horror.

Todos, como en un ritual del averno, asaltaron el escenario en una danza macabra, gesticulando mímicas brutales y lanzando aullidos espeluznantes con intención de robarse al muerto que estaba atascado en el cajón; mientras atravesaban por la avenida, angelitos que salieron de El Cedrón y abrieron sus alas en un vuelo celestial para enfrentar al mismísimo Lucifer.

El público gritaba alborozado. Hacían apuestas por ángeles y diablos.

La Muerte recitaba a viva voz:


Magistrado, que conocéis sobre justicia
y sobre lo que conviene a grandes y pequeños
con el fin de gobernar a cualquiera
¡venid ahora a esta audiencia!

Yo aquí os convoco de inmediato,
para rendir cuentas de vuestros actos
ante el Gran Jurado que a todos juzga.
Cada uno cargará su propio fardo.[1]


Sorpresivamente el féretro comenzó a bambolearse y el muerto se levantó. Se quitó la careta y la mortaja, mostrando un maquillaje de payaso bufonesco, simulando tranquilizar su conciencia para desechar la tristeza y darle la bienvenida al júbilo desenfrenado de las tres noches de carnaval. Daba saltos torpes y ordenaba con aires de fantoche, iniciando la fiesta de la que hasta los más castos y virtuosos gozaban:

- ¡TODOS A BAILAR!

Sonaba la música a todo volumen. Cuerpos sudorosos y sensuales se contoneaban al ritmo del fuego de la pasión, que los calentaba como brasas deleitándolos en sus juegos caprichosos. Dicha y locura. Borrachos y linyeras. Joyeros y matarifes. Pizzeros y panaderos. Señoras bien y niñas mal danzaban sin saber quién era quién detrás del antifaz.

Los vecinos del barrio se unían al jolgorio entre gritos, desbordes y serpentinas.

Todos danzaban alienados briosamente, despojándose de toda inhibición cuando el estruendo por la caída del escenario dispersó casi con idéntico dinamismo a los concurrentes que como hormigas antes de la tormenta, se desparramaban por el primer resquicio seguro que se presentara ante ellos.

De la nada, un toro embravecido, furioso y desorientado apareció de entre las sombras para causar el desastre nunca antes visto.

Gente herida, tirada en la calle y en las veredas, gritos de espanto. Niños y mujeres que lloraban y otros que rápidamente acudieron en ayuda de los más dañados. Simultáneamente llegaban las ambulancias del HospitalSalaverry para asistir a los más damnificados, en la esquina de Albariño los camiones atmosféricos de Vilariño formaron un muro de contención contra el cual el toro que había escapado del Mercado de Liniers, se estrelló perseguido por las sirenas ululantes de la policía.

Se apagaron las luces de colores. El festival que daba permiso a descubrir con o sin antifaz, los más ocultos planes llegaba a su fin con destrozos y daños que lamentar.

Algunos comían pizza con cerveza en la vereda de laSanta María. Un mozo regordete silbaba un tango, una joven vestida de Blancanieves lamía un helado de chocolate.

Una de las murgas recorrió la pizzería mientras pasaba los sombreros para juntar las últimas moneditas entre los concurrentes, a los que respondían cantando en agradecimiento, demostrando sus destrezas carnavaleras y se despedían de los que todavía los observaban admirados.

Adiós querido auditorio
pronto habremos de volver
para traer a vosotros
las alegrías y el placer
jamás se habrán de olvidar
de los años de su vida
de este conjunto aguerrido

“Los divertidos” se hacen llamar.
Laralailalaralalalá...[2]"



[1] La Danza Macabra de Guyot Marchant
[2] Versión: Eduardo Marvezzi – Año: 1938


autora: Susana Ruggiero
DERECHOS RESERVADOS (C)(R)


Este cuento obtuvo el 3er premio en Categoría Cuento - Galardón de Oro en el Concurso Histórico Literario:
"Entre murgas y disfraces...recuerdos de carnaval" otorgado por el Club de Leones de Liniers y la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Liniers el 9/6/2012

PUBLICADO POR SUSURU