5.5.13

Abandonado






Abandonado!

Hola! Lo siento mucho, pero me parece que me han abandonado. Sucedió ayer por la tarde y, creo que no lo hicieron expresamente, o, al menos es lo que me gustaría creer, porque yo,  mal me está decirlo desde que me regalaron me he portado bastante bien. Tuve la suerte de ser elegido de entre muchos iguales o similares de mi especie, pero cuando Anna P. se fijó en mí, enseguida me di cuenta de que sería suyo para siempre y, por la manera como me miraba, dio la sensación de que estaría bien con ella. Recuerdo que me acariciaba y me tenía siempre a mi lado, incluso me abrigaba y yo era feliz. Ya estaba cansado de estar allí tanto tiempo con los de mi especie, sin sentir el contacto humano.  Pero esto ya ha pasado y, ahora estoy aquí solo y abandonado, esta noche he pasado mucho frío y además llovió y me he mojado, no sé exactamente dónde estoy y, el tiempo, se ha hecho eterno hasta que ha salido el sol. Una lástima, ahora que era tan feliz y por fin me sentía útil para alguien que a su vez identificaba conmigo. Recuerdo que el otro día me llevó a la playa y creo que ambos estábamos muy contentos, yo nunca había estado en el mar ni tampoco tan lejos y me lo pasé muy bien, pero ahora estoy aquí solo y ..., me siento muy triste. Hola! Soy yo otra vez, y cada vez estoy más preocupado, casi se me ha acabado el alimento y no sé qué hacer, aunque me consta que hay mucha gente que pregunta por mí, sobre todo Anna P., mi amiga, pero yo ya no puedo hacer nada, y ella por lo que veo tampoco o, quizás si? Ya no lo sé, la verdad es que estoy muy asustado. Si al menos consiguiera moverme, pero no puedo, me siento débil y casi no tengo fuerzas, pero lo intentaré, intentaré hacer un último esfuerzo... Es imposible, nunca lo conseguiré, tengo que pensar algo y rápido, pero casi no puedo coordinar mis pensamientos, el tiempo se acaba, janoemquedenfor ç se, hosent o. P erd ó! H eoblidatpresentar - me, emdic M ovista rrrrr A ctiva aaa, ielmeun ú mero á s el 6 3 0 5 7 3 0 1 5. A deuuuuuu uuuuuuuuuuuuuuuuuu,. . . . . . . . . . . . . . . . . . . ............................

-A mi hija, Anna P. con motivo de la pérdida de su primer móvil.

escrito por: Francesc Puigcarbó 







4.11.12

La vieja atorranta







Hace muchos años, cuando era psicólogo muy joven, trabajé en algunos geriátricos. (…) Muchos de ustedes trabajarán o habrán trabajado en alguna institución, y sabrán que lo que tiene que hacer todo el que trabaja en un establecimiento al ingresar es ir a la cocina, porque la cocinera es la que está al tanto de todo lo que pasa. Más que los médicos incluso.

Llegué, entonces, una mañana, me dirigí a la cocina y, como era habitual, le pregunté a la cocinera:

-¿Y, Betty, alguna novedad?

-Sí, doctor- me llamó así aunque soy licenciado-. ¿Ya vio a la vieja atorranta?

-No – le dije asombrado-. ¿Entró una abuela nueva?

-Sí, una viejita picarona.

Me quedé tomando unos mates con ella y no volví a tocar el tema hasta que entró la enfermera y me dijo:

-Gaby, ¿ya viste a la atorranta?

-No -le respondí.

-Tenés que verla. Se llama Ana.

Lo primero que me llamó la atención fue que utilizara, para referirse a ella, el mismo término que había usado la cocinera: atorranta. Pero lo cierto es que habían conseguido despertar mi interés por conocerla. De modo que hice mi recorrida habitual por el geriátrico y dejé para el final la visita a la habitación en la que estaba Ana.

En esa hora yo me había estado preguntando de dónde vendría el mote de vieja atorranta. Supuse que, seguramente, debía ser una mujer que cuando joven habría trabajado en un cabaret, o que tendría alguna historia picaresca. Pero no era así.
Cuando entré en su habitación me encontré con una abuela que estaba muy deprimida y que casi no podía hablar a causa de la tristeza. Su imagen no podía estar más lejos de la de una vieja atorranta. Me acerqué a ella, me presenté y le pregunté: -Abuela, ¿qué le pasa? Pero ella no quiso hablar demasiado; apenas si me respondió algunas preguntas por una cuestión de educación. Pero un analista sabe que esto puede ser así, que a veces es necesario tiempo para establecer el vínculo que el paciente necesita para poder hablar. Y me dispuse a darle ese tiempo. De modo que la visitaba cada vez que iba y me quedaba en silencio a su lado. A veces le canturreaba algún tango. Y, allá como a la séptima u octava de mis visitas la abuela habló:

-Doctor, yo le voy a contar mi historia.
Y me contó que ella se había casado, como se acostumbraba en su época, siendo muy jovencita, a los 16 años con un hombre que le llevaba cinco. Yo la escuchaba con profunda atención.

-¿Sabe? -me miró como avisándome que iba a hacerme una confesión-, yo me casé con el único hombre que quise en mi vida, con el único hombre que deseé en mi vida, con el único hombre que me tocó en mi vida y es el hombre al que amo y con el que quiero estar.

Me contó que su esposo estaba vivo, que ella tenía ochenta y seis años y él noventa y uno y que, como estaban muy grandes, a la familia le pareció que era un riesgo que estuvieran solos y entonces decidieron internarlos en un geriátrico. Pero como no encontraron cupo en un hogar mixto, la internaron a ella en el que yo trabajaba, y a él en otro. Ella en provincia y él en Capital.

Es decir que, después de setenta años de estar juntos los habían separado. Lo que no habían podido hacer ni los celos, ni la infidelidad, ni la violencia, lo había hecho la familia. Y ese viejito, con sus noventa y un años, todos los días se hacía llevar por un pariente, un amigo o un remisse en el horario de visita, para ver a su mujer.
Yo los veía agarraditos de la mano, en la sala de estar o en el jardín, mientras él le acariciaba la cabeza y la miraba. Y cuando se tenían que separar, la escena era desgarradora.

¿Y de dónde venía el apodo de vieja atorranta? Venía del hecho de que, como el esposo iba todos los días a verla, ella le había pedido autorización a las autoridades del geriátrico para ver si, al menos una o dos veces por semana, los dejaban dormir la siesta juntos. Y entonces, ellos dijeron: -Ah, bueno… mirá vos la vieja atorranta.
Cuando laabuela me contó esto, estaba muy angustiada y un poco avergonzada. Pero lo que más me conmovió fue cuando me dijo, agachando la cabeza:

-Doctor, ¿qué vamos a hacer de malo a esta edad? Yo lo único que quiero es volver a poner la cabeza en el hombro de mi viejito y que me acaricie el pelo y la espalda, como hizo siempre. ¿Qué miedo tienen? Si ya no podemos hacer nada de malo.
Conteniendo la emoción, le apreté la mano y le pedí que me mirara. Y entonces le dije:

-Ana, lo que usted quiere es hacer el amor con su esposo. Y no me venga con eso de que ¿qué van a hacer de malo? Porque es maravilloso que usted, setenta años después, siga teniendo las mismas ganas de besar a ese hombre, de tocarlo, de acostarse con él y que él también la desee a usted de esa manera. Y esas caricias, y su cara sobre la piel de sus hombros, es el modo que encontraron de seguir haciéndolo a esta edad. Pero déjeme decirle algo, Ana: ése es su derecho, hágalo valer. Pida, insista, moleste hasta conseguirlo. Y la abuela molestó. Recuerdo que el director del geriátrico me llamó a su oficina para preguntarme: -¿Qué le dijiste a la vieja?
-Nada- le dije haciéndome el desentendido- ¿Por qué?

La cuestión fue que con la asistente social del hogar en el que estaba su esposo, nos propusimos encontrar un geriátrico mixto para que estuvieran juntos. Corríamos contra reloj y lo sabíamos. Tardamos cuatro meses en encontrar uno. Sé que, dicho así, parece poco tiempo. Pero cuatro meses cuando alguien tiene más de noventa años, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Además ella estaba cada vez más deprimida y yo tenía mucho miedo de que no llegara. Pero llegó.

Y el día en el que se iba de nuestro geriátrico fui muy temprano para saludarla, y e cuanto llegué, la cocinera me salió al cruce y me dijo: -No sabés. Desde las seis de la mañana que la vieja está con la valija lista al lado de la puerta. -Yo me reí.
Entonces fui a verla y le dije: -Anita, se me va. Y ella me miró emocionada y me respondió: -Sí doctor… Me vuelvo a vivir con mi viejito. -Y se echó en mis brazos llorando.
-Ana- le dije- Nunca me voy a olvidar de usted. Y como habrán visto, no le mentí.

Jamás me olvidé de ella, porque aprendí a quererla y respetarla por su lucha, por la valentía con la que defendió su deseo y porque gracias a esa vieja atorranta, pude comprobar que todo lo que había estudiado y en lo que creía, era cierto: que es verdad que la sexualidad nos acompaña hasta el último día y que se puede pelear por lo que se quiere aunque se deje la vida en el intento. Y además, porque la abuela me dejó la sensación de que, a pesar de todas las dificultades, cuando alguien quiere sanamente y sus sentimientos son nobles, puede ser que enamorarse sea realmente algo maravilloso y que el amor y el deseo puedan caminar juntos para siempre.

( del libro “Encuentros” de Gabriel Rolón)



25.6.12

Recuerdos de niña...








14/12/2009

Hoy es el día más frio de este otoño casi invierno. En este momento oigo en la tele que están 6º. Estoy sentada al ordenador tentando escribir unos textos para un día publicar, pero de repente mi pensamiento vuela, vuela para bien para lejos.

Bien lejos en el tiempo cuando iba pasar las vacaciones de las Navidades en la casa de mis abuelos en el norte de mi país. Me acuerdo que hacía mucho frio y nos sentábamos alrededor del fuego en la cocina. Mis tías llegaban con la leche que habían retirado de las cabras y de las ovejas y mi abuela empezaba de seguida a preparar los quesos. Colocaba al lado del fuego la leche y salía afuera de la casa y traía algo en las manos que echaba dentro de la leche. Supe más tarde que iba a buscar cardo y con eso hacía cuajar la leche. Cuando la leche quedaba cuajada empezaba a hacer los quesos.

Todas las noches era el mismo ritual, todas las noches. Después íbamos todos para la mesa a cenar.

No había luz eléctrica en aquel tiempo, (desgraciadamente en el día de hoy hay muchas aldeas que todavía no tienen electricidad) y eso hacía con que se sentían muchos silencios. Me acuerdo que nadie decía si la comida estaba bien si estaba mal…Todos comían en silencio. Era de muy mala educación hablar mientras se comía.

Les voy a contar un secreto, yo comía siempre distinto porque yo era una niña de ciudad y tenía otras costumbres y mi madre siempre decía a mi abuela lo que me gustaba y lo que yo estaba acostumbrada a comer. Bueno lo que más me gustaba era bistec o chuleta con patatas fritas. Pero había un problema grave, muy grave, es que mi abuela fritaba las patatas en aceite de oliva y no me gustaba nada.

Después de cenar una tía leía el periódico para mi abuelo que no sabía leer y todos oíamos las noticias y antes de dormir todos rezábamos el rosario. Mi abuelo hacía aguardiente y pasaba muchas horas del día y parte de la noche sentado cerca del alambique, probando el aguardiente de madroño y dando a probar a quién aparecía. Como me encantaba comer los madroños. Las ramas del arbusto servían para alimentar el ganado y los frutos eran para comer y hacer aquella bebida.

Tiempos muy felices y de libertad que siempre los estaba añorando y volvía pasado unos meses para pasar mis vacaciones de verano.

Bueno ya regresé del vuelo voy a seguir escribiendo…



16.6.12

Corso Aguado







"Los comerciantes de la avenida Juan Bautista Alberdi del barrio de Mataderos hacían su aporte dinerario para engalanar las calles de luces multicolores. No podía faltar el palco principal para que las mascaritas hicieran sus trucos y arabescos; murgas de vecinos disfrazados para competir con canciones y piruetas al son de redoblantes, pitos y matracas.

Al anochecer, cuando el calor de febrero descendía y una suave brisa nos permitía caminar por las calles que habían sido cortadas para el evento, el saquito de hilo de mangas largas era necesario por las dudas que refrescara.

La reina del carnaval acudiría a su trono en ese escenario con altoparlantes, micrófono y música muy alegre, aplaudida por toda la muchedumbre que se agolpaba de pie para ver quién era elegida la más linda del barrio, entre la espuma, papel picado y agua que salía de los pomos de los más chiquitos. Efímero esplendor de los sueños de las jovencitas que aspiraban la corona y quedaban retratadas enCavanna el comercio de fotografías más elegante de la zona.

No faltaba Cuasimodo a la cita, que escondido en su disfraz, caminaba rengo y encorvado, llevando su figura como quien carga una maldición, ridiculizado y mofándose de sí mismo con rictus y muecas de fenómeno maltrecho. Con gritos y sustos asaltaba a alguna santurrona desprevenida que le respondía con una cachetada. En otro momento, perseguía seductoramente a alguna belleza femenina que también le respondía con rudeza. Escondido detrás de la horripilante máscara de ojos saltones, asustaba a desprevenidas muchachas con su fealdad y el muy astuto disfrutaba a carcajadas de su fechoría. Un universo de delirios efusivos y raptos de contradictorias sensaciones: asco y ternura, violencia y lástima, compasión y rechazo; provocaba este ser salido de una Naturaleza degenerada y contrariada que el mismo personaje encarnaba para simular quién sabe qué inconcientes y depravadas intenciones.

Sonidos de trompetas anunciaban que seguía una carroza luctuosa engalanada con guirnaldas y flores artificiales; a cada lado del carruaje, una corona de claveles, calas y crisantemos cruzada con una cinta de tafeta violeta que en letras doradas tenía escrito Q.E.P.D. En la parodia fúnebre, un féretro sin tapa contenía el cuerpo de Cuasimodocubierto con una mortaja. La murga LOS FUNEBREROS, con los elementos adecuados prestados por la Casa Velatoria de Miralla, simulaba un verdadero cortejo acompañado por fantasmas con máscaras tétricas y túnicas blancas bordadas con lentejuelas plateadas que portaban guadañas luminosas en el más absoluto silencio. Al llegar frente al escenario, se detenían y subían el cajón con el difunto, fingiendo una ceremonia presidida por Tingui Tunga ataviado de sacerdote con sotana negra y cuellito blanco.

Cachito, el carnicero del mercado Demarchi, enmascarado de diablo rojo con un traje al tono pegado al cuerpo, exageraba sus abultados genitales; a él le seguían pequeños diablillos que imitaban sus movimientos teñidos de horror.

Todos, como en un ritual del averno, asaltaron el escenario en una danza macabra, gesticulando mímicas brutales y lanzando aullidos espeluznantes con intención de robarse al muerto que estaba atascado en el cajón; mientras atravesaban por la avenida, angelitos que salieron de El Cedrón y abrieron sus alas en un vuelo celestial para enfrentar al mismísimo Lucifer.

El público gritaba alborozado. Hacían apuestas por ángeles y diablos.

La Muerte recitaba a viva voz:


Magistrado, que conocéis sobre justicia
y sobre lo que conviene a grandes y pequeños
con el fin de gobernar a cualquiera
¡venid ahora a esta audiencia!

Yo aquí os convoco de inmediato,
para rendir cuentas de vuestros actos
ante el Gran Jurado que a todos juzga.
Cada uno cargará su propio fardo.[1]


Sorpresivamente el féretro comenzó a bambolearse y el muerto se levantó. Se quitó la careta y la mortaja, mostrando un maquillaje de payaso bufonesco, simulando tranquilizar su conciencia para desechar la tristeza y darle la bienvenida al júbilo desenfrenado de las tres noches de carnaval. Daba saltos torpes y ordenaba con aires de fantoche, iniciando la fiesta de la que hasta los más castos y virtuosos gozaban:

- ¡TODOS A BAILAR!

Sonaba la música a todo volumen. Cuerpos sudorosos y sensuales se contoneaban al ritmo del fuego de la pasión, que los calentaba como brasas deleitándolos en sus juegos caprichosos. Dicha y locura. Borrachos y linyeras. Joyeros y matarifes. Pizzeros y panaderos. Señoras bien y niñas mal danzaban sin saber quién era quién detrás del antifaz.

Los vecinos del barrio se unían al jolgorio entre gritos, desbordes y serpentinas.

Todos danzaban alienados briosamente, despojándose de toda inhibición cuando el estruendo por la caída del escenario dispersó casi con idéntico dinamismo a los concurrentes que como hormigas antes de la tormenta, se desparramaban por el primer resquicio seguro que se presentara ante ellos.

De la nada, un toro embravecido, furioso y desorientado apareció de entre las sombras para causar el desastre nunca antes visto.

Gente herida, tirada en la calle y en las veredas, gritos de espanto. Niños y mujeres que lloraban y otros que rápidamente acudieron en ayuda de los más dañados. Simultáneamente llegaban las ambulancias del HospitalSalaverry para asistir a los más damnificados, en la esquina de Albariño los camiones atmosféricos de Vilariño formaron un muro de contención contra el cual el toro que había escapado del Mercado de Liniers, se estrelló perseguido por las sirenas ululantes de la policía.

Se apagaron las luces de colores. El festival que daba permiso a descubrir con o sin antifaz, los más ocultos planes llegaba a su fin con destrozos y daños que lamentar.

Algunos comían pizza con cerveza en la vereda de laSanta María. Un mozo regordete silbaba un tango, una joven vestida de Blancanieves lamía un helado de chocolate.

Una de las murgas recorrió la pizzería mientras pasaba los sombreros para juntar las últimas moneditas entre los concurrentes, a los que respondían cantando en agradecimiento, demostrando sus destrezas carnavaleras y se despedían de los que todavía los observaban admirados.

Adiós querido auditorio
pronto habremos de volver
para traer a vosotros
las alegrías y el placer
jamás se habrán de olvidar
de los años de su vida
de este conjunto aguerrido

“Los divertidos” se hacen llamar.
Laralailalaralalalá...[2]"



[1] La Danza Macabra de Guyot Marchant
[2] Versión: Eduardo Marvezzi – Año: 1938


autora: Susana Ruggiero
DERECHOS RESERVADOS (C)(R)


Este cuento obtuvo el 3er premio en Categoría Cuento - Galardón de Oro en el Concurso Histórico Literario:
"Entre murgas y disfraces...recuerdos de carnaval" otorgado por el Club de Leones de Liniers y la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Liniers el 9/6/2012

PUBLICADO POR SUSURU


29.8.11

El Buscador




 "EL BUSCADOR"


Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla pequeña de madera lustrada, y una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. 

El Buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como por azar entre los árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador, pasearan por el lugar... y quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción. “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, y sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… 

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Al acercarse a leerla, descifró: “Lamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. 

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No, ningún familiar – dijo el buscador - Pero... ¿qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano cuidador sonrió y dijo: 

"Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré... Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de entonces, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿tres semanas y media? Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿y el casamiento de los amigos? ¿y el viaje más deseado? ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿horas? ¿días?…

Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso... y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido."

Y si el tiempo que vivimos es el tiempo que sabemos disfrutar, los momentos plenos, los momentos intensos... hagamos que sean esos los que abunden, puesto que seguramente no merece la pena enredarnos en rutinas inútiles que nada nos aportan, o en enfados sin sentido, o en palabras hirientes a las que les responderán otras palabras más hirientes y que luego acabarán como minutos, horas... perdidos en el vacío.


Hagamos que, cuando ya no estemos aquí, alguien pueda contar cuánto tiempo hemos vivido realmente... y sonría.


JORGE BUCAY

29.7.11

Un Hombre y una Mariposa



Un hombre encontró un capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder verla cuando saliera del capullo.
Un día vio que había un pequeño orificio y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por abrirlo más grande y poder salir.

El hombre observó que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño agujero, hasta que llegó un momento en el que pareció haber cesado de forcejear, pues aparentemente no progresaba en su intento. Parecía que se había atascado.

Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del agujero para hacerlo más grande y ahí fue que por fin la mariposa pudo salir del capullo. Sin embargo, al salir la mariposa tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas.

El hombre continúo observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblaran y crecieran lo suficiente para soportar al cuerpo, el cual se contraerá al reducir lo hinchado que estaba.

Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podía arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas...

Nunca pudo llegar a volar.

Lo que el hombre en su bondad y apuro no entendió, que la restricción de la apertura del capullo y la lucha requerida por la mariposa, para salir del capullo, le darían la libertad y para poder volar, solamente podrán llegar luego de la lucha por salir.
Al privar a la mariposa de la lucha, también le fue privada su salud.

Algunas veces las luchas son lo que necesitamos en la vida. Si Dios nos permitiese progresar por nuestras vidas sin obstáculos, nos convertiría en inválidos. No podríamos crecer y ser tan fuertes como Él quiere que lo seamos. ¡Cuánta verdad hay en esto!

¿Cuántas veces hemos querido tomar el camino corto para salir de dificultades, tomando esas tijeras y recortando el esfuerzo para poder ser libres?

Necesitamos recordar que nunca recibiremos más de lo que podemos soportar y que a través de nuestros esfuerzos y caídas, somos fortalecidos, así como el oro es refinado con el fuego.

¡Nunca permitamos que las cosas que no podemos o no debemos tener, interrumpan nuestro gozo de las cosas que tenemos y podemos tener!
¡No pensemos ni nos enfoquemos en lo que no tenemos, disfrutemos cada instante de cada día por lo que tenemos y nos ha sido dado!

La Felicidad es un trayecto, no un destino.


(Desconozco su autor)

28.6.11

La Casa Vieja


 Fotografía de F.Puigcarbó y otras cositas más de Flor

Esta casa vieja siempre le fascinó. Desde muy pequeño iba camino del colegio de la mano de su madre y la miraba, la miraba y siempre tenía que pasar por encima de los dos peldaños que había cerca de la puerta con su madre siempre regañándole porque ya era tarde.

Era siempre lo mismo, salían de casa siempre corriendo, porque era un problema todas las mañanas para despertarse, para vestirse, para comer.

Cuando se sentaba a tomar el desayuno, la taza con leche y el pan con mermelada hecha por su madre de los membrillos que su abuela mandaba en una cestilla allá del pueblo y que venía al cuidado de un maquinista del tren que era su vecino, una persona de mucha confianza, parece que la leche crecía en la taza y el pan quedaba solo porque la mermelada desaparecía.

Muchas veces seguía  muy callado y pasado unos diez minutos  preguntaba a su madre quién vivía en la casa vieja y su madre le contestaba que la casa estaba cerrada hace mucho tiempo y que no vivía nadie allí.

Llegó un día en que ya era un adolescente su madre ya no lo llevaba al liceo, la curiosidad era tan grande que se reunió con dos amigos más que también les gustaba el misterioso y decidieron que irían intentar abrir la puerta de dicha casa.

Uno de esos amigos sabía algo más de la historia de los antiguos habitantes que según él eran tres hermanas que quedaron viudas y solo salían en la noche. Dicen los vecinos de aquél tiempo que durante el día las ventanas estaban siempre cerradas y en la noche abrían las ventanas y las luces seguían prendidas toda la noche.

Algunos años más tarde dejaron de ver las luces prendidas, las hierbas empezaron a crecer cerca de la puerta y nunca supieron si las mujeres se fueron, si murieron, todo quedó en un misterio muy grande.

Alguien contó que en algunas noches se oían voces viniendo de dentro de la casa que se confundían con el viento y con el movimiento de las ramas de los arboles.

Como habían combinado los cuatro amigos siguieron con un poco de temor porque tres de ellos desconocían  por completo todo aquel misterio.

Cuando estaban aproximándose parece que los pies no querían seguir adelante, parece que daban dos pasos en frente y uno para atrás. Llegados en frente a la casa de seguida pusieron el oído en la puerta a ver si oían algo, uno de cada vez, después se miraron y estaba todo en silencio. Hicieron un esfuerzo en la puerta pero a pesar de estar con la madera envejecida no se movió. Parece que la tarea estaba siendo más difícil de lo que pensaban.

Empezaron a conversar bajito sobre lo que iban hacer, la tarde ya estaba oscureciendo y la hora de la cena llegando.

Iban a desistir y volverían otro día.

Estaban ya decididos a regresar a sus casas y los cuatro empezaron a observar con atención la ventana ya sin cristales pero tapada con  madera ya  agrietada.

Los cuatro amigos se quedaron petrificados, con los ojos bien abiertos y la boca abierta pero sin salir palabras, apuntando hacía la ventana.

Salieron corriendo como locos uno para cada lado en dirección a sus casas.

Ellos no contaron a nadie lo que habían visto, pero yo les cuento. Tuvieron una visión de la cara de una mujer que los estaba mirando.

Pregunta: Saben quién era esa mujer??
Respuesta: Yo!! la mujer que escribió esta historia.

Bien que los protagonistas podrían ser "Los Cinco", pero no, solo fueron los cuatro, el perro no quiso ir, se quedó en casa. Sera que el perro ya sabía el final de la historia?


Autor: Flor